Hasta que la muerte nos separe

Viudez. Todavía me estremezco al escuchar esta palabra. Es algo que no escogí y definitivamente es algo que no esperaba para esta etapa de mi vida. Después de todo, la familia de mi esposo ha llevado una vida saludable que les ha permitido vivir hasta los 90 años. Yo en realidad esperaba que él iba a vivir por lo menos 20 años después de que yo me fuera. Yo bromeaba con él acerca de mi muerte, yo quería que en ese momento él llorara amargamente porque yo quería que me extrañaran, quería que mi vida hubiese sido importante y que su pena de alguna forma lo demostrara.

A veces pensaba en mis amigas solteras y me preguntaba quién me iba a reemplazar después de mi partida, sabiendo que mi esposo no iba a permanecer soltero una vez que me fuera. En lugar de eso y después de casi tres años sin él, me encuentro llorando amargamente cuando su ausencia es abrumadora.

Después de todo, durante los últimos 23 años fuimos inseparables. El único momento en el que nos separábamos era para trabajar. Después de eso vino el diagnóstico de cáncer: Un adenoma carcinoma en cuarto grado. Desde el principio el diagnóstico fue desalentador. Yo investigué profundamente su condición y por lo que leí descubrí que el tiempo que nos quedaba juntos iba a ser corto. Yo pedí una licencia en mi trabajo para cuidarlo y él solicitó una incapacidad temporal.

Nos cambiamos a un departamento cerca del lugar donde él tomaba su tratamiento de radiaciones. Durante los siguientes 9 meses el entraba y salía del hospital, pasó por cuatro cirugías mayores y por varias cirugías ambulatorias. Yo casi nunca me separaba de su lado.

Me enseñaron a administrarle líquidos por vía intravenosa para prevenir la deshidratación y la insuficiencia renal aguda. Durante ese tiempo, él llevaba una sonda que permitía que la quimioterapia se distribuyera continuamente por todo el cuerpo. Si todo eso no hubiera sido suficiente, sus cirugías le hicieron desarrollar coágulos de sangre. Esto me obligó a administrarle inyecciones diarias de un anti coagulante en el abdomen para evitar que los coágulos de sangre viajaran a sus pulmones o a su corazón. En una ocasión, y bajo una tremenda angustia, me derrumbé y le confesé a un querido amigo que no tenía la fuerza mental o emocional para continuar.

Afortunadamente, por mi dedicación a mi esposo y por el apoyo de nuestra familia y amigos, continué. Nueve meses después de que comenzara nuestra gran prueba, mi esposo tuvo su cirugía final.

En una ocasión, y bajo una tremenda angustia, me derrumbé y le confesé a un querido amigo que no tenía la fuerza mental o emocional para continuar.

Nos dijeron que el cáncer había destruido su colon y que no había nada más que hacer. Se nos recomendó contactar a los servicios de un hospital en particular, lo cual hicimos y nos fueron muy útiles ya que me brindaron material para leer donde me explicaban qué esperar durante los últimos días de mi esposo.

Poco después, cuando regresamos al apartamento, su dolor ya era tan intenso que le daba morfina líquida cada hora. Permaneció en un estado casi comatoso durante más de una semana. Entonces, una mañana, a la edad de 58 años y 10 meses después de recibir el diagnóstico de cáncer, mientras sostenía su mano, mi esposo volvió su cabeza hacia mí y con mucho esfuerzo me dijo por última vez: "Te amo".

Luego me guiñó un ojo tres veces, ésta fue siempre su manera de tranquilizarme y para decirme que todo estaría bien. Entonces supe de inmediato que estaba dándome su despedida final. Esa noche, mientras lo sostenía en mis brazos, respiró por última vez. Entonces comenzó el viaje más difícil que he experimentado: la vida sin él.

La viudez es llevar la angustia solo, y darse cuenta de que nadie puede compartir ese dolor contigo como él pudo.

No, la viudez a los 52 años no es algo que yo esperaba. Pero en los últimos tres años he aprendido lo que esto significa. Es llegar a una casa vacía al final de un día difícil en el trabajo, deseando que los fuertes brazos de mi marido me envuelvan, mientras dejo que las preocupaciones del mundo se desvanezcan dentro de su abrazo tranquilizador.

Entonces comenzó el viaje más difícil que he experimentado: la vida sin él.

Es algo tan simple como encontrarse con un viejo amigo nuestro en la tienda de comestibles y a quien no he visto en mucho tiempo, y estar ansiosa de llamar a mi esposo a su teléfono celular, queriendo que adivine a quién me acabo de encontrar. Solo para darme cuenta que después de que haya tomado el teléfono, no hay nadie quien conteste. Es planear un futuro sin tener a alguien con quien planearlo. Sin alguien que está igualmente involucrado en tus esperanzas y sueños para esperarlos y soñarlos también. Algún día, después de nuestra jubilación, íbamos a tomar un crucero a Alaska. Ahora la frase “algún día” ya no se menciona más; sin duda la jubilación es algo que no quiero que llegue.

Es saber que mi esposo no va a estar allí para acompañar a nuestra nieta, a quien hemos criado juntos cuando se dirija al altar. En su lugar, y en su recuerdo, encenderemos una vela con una vieja fotografía de él sosteniéndola en sus brazos cuando era un bebé. Pretenderemos entonces que de alguna manera eso lo hace parte de la ceremonia. Es salir a comer y escuchar a la anfitriona decir: "¿Solo una persona?" Luego, escucharla hablar durante la cena mientras observas a una pareja de ancianos que está sentada en la mesa de al lado, y que tienen una charla sin fin mientras tú estás ahí sola.

La viudez es ver una flor silvestre de color púrpura que me recordaba cómo a menudo mi esposo se detenía en la carretera cuando regresaba del trabajo a casa para recolectar esas pequeñas flores que nos recordaban a nuestra hija, cuyo color favorito era el púrpura y que habíamos perdido a la edad de 13 años. Y aunque éste recuerdo era demasiado doloroso para hablar de eso, sin una palabra me entregaba las flores como si dijera: "No lo he olvidado.

Todavía me importa. Aún compartimos todos los preciosos recuerdos que tenemos de ella, y en nuestros corazones vivirá para siempre". Es llevar sola esa angustia y darte cuenta de que nadie puede compartir ese dolor contigo como él pudo. Es saber que nadie más va a encontrar el significado que él vio en una pequeña flor silvestre de color púrpura. En pocas palabras, he aprendido que la viudez es difícil. Pero estoy aprendiendo que no tiene que ser una vida sin esperanza.

Si deseas compartir lo que estás aprendiendo o lo mucho que estás luchando por tu pérdida, deja tu información de contacto y alguien de nuestro equipo te contactará pronto.