El fin

A los 63 me diagnosticaron fibrosis pulmonar causado por un caso raro de neumonía que nunca supe que tenía.

El primer momento cuando me enteré de mi diagnosis fue terrible. No puedo ni explicar lo enojado que estaba con el mundo. No lo podía entender. ¿Cuándo tuve neumonía? ¿Cuándo tuve siquiera un resfrío? ¿Dónde me contagie con eso? ¿Qué pasó? ¿Qué había hecho mal? Le eché cuIpa a todos y sin duda no fui un tipo demasiado agradable por un tiempo. Resulta que no importaba si me recordaba de haber tenido neumonía o no, el médico especialista me dijo que definitivamente lo había sufrido en algún momento de mi vida. Mis pulmones estaban totalmente negros. La situación era grave.

Se me acortaba cada vez más mi respiración hasta tal punto que tuve que dejar mi trabajo en el 2010. Para entonces dependía de oxígeno todo el tiempo y no podía seguir trabajando mientras arrastraba la botella de oxígeno. Esto incrementó la ansiedad que tuve toda mi vida. Sufrí ataques de pánico, pensando que me quedaría sin aire.

Siempre he sido un persona que vivió al límite. Me arriesgaba mucho cuando era joven. Pero ahora, al darme cuenta que me estaba quedando sin tiempo, estaba horrorizado. Ahí estaba yo, jubilado, teniendo que dejar mi otro trabajo, disfrutando tiempo con mis nietos hermosos… Y quería seguir viviendo. Pero los médicos me dijeron que no iba a seguir viviendo por mucho tiempo más. Mis pulmones estaban demasiados dañados. Siempre supe que algún día iba a morir, pero estar enfrentando eso tan repentinamente, me horroricé. Y estaba muy enojado.

Al pasar el tiempo, me acostumbré a la idea que mi tiempo estaba limitado. Mi enojo se calmó un poco e intenté de aprovechar lo más que podía de la vida que aún tenía. Mi esposa fue un apoyo increíble. Siempre me dijo “juntos lo vamos a superar. Solamente tenemos que tomarlo como viene y ver qué es lo que tenemos que hacer.”

Para mi, la posibilidad de recibir nuevos pulmones no era muy probable. Pero a los 68 años, alguien del centro de trasplantes me llamó y me dijo que estaba en la lista. Rápidamente ella me advirtió que la mayoría de las personas que están en la lista para cualquier tipo de trasplante generalmente fallecen antes que un órgano esté disponible. Simplemente no circulan suficientes partes del cuerpo para los trasplantes.

Al escucharla pensé “tuve una vida bastante buena. Voy a arrastrar esta botella de oxígeno hasta que no pueda más y luego no voy a preocuparme más.” Cinco semanas para la fecha de entrar en la lista de trasplante, mi coordinador del hospital me llamó preguntándome por lo que mi esposa y yo estábamos haciendo. Le dije que estábamos sentados, conversando. Luego ella dijo, “¿Por qué no van al auto y vienen aquí? Hay pulmones en camino. Vengan ya.”

Ni siquiera tuvimos tiempo para pensarlo. Pero una vez que llegamos al hospital fue cuando el pánico empezó de verdad. El médico nos informó acerca del porcentaje de las personas que mueren en el quirófano, el día siguiente, la semana siguiente, etc. A pesar que son muy buenos haciendo trasplantes, las probabilidades para que alguien de mi edad pueda sobrevivir la cirugía eran básicamente nulas.

Hubo un momento cuando me pregunté “¿Realmente quiero hacer esto?” Podría retroceder. Podría haber dicho que no. Pero si lo hubiese hecho muy probablemente no me volverían a llamar otra vez para un trasplante. Así que, me imaginé que esta era la forma como tenía que ser. Estaba en paz con cualquier cosa que podría venir.

Fue una cirugía de 13 horas, pero no me desperté hasta una semana después.

La parte buena era que estaba vivo; la parte mala, que la recuperación era insoportable. Cuando los médicos me dijeron que el obstáculo principal sería psicológico y que durante el primer año mi cerebro todavía estaría pensando que tenía mis pulmones viejos, pensé que todo eso eran tonterías. Pero durante el primer año tuve peleas todo el tiempo con las enfermeras. Ellas querían que me levantara y llevarme a pasear y yo encontraba cada razón posible bajo el sol para no caminar. Era demasiado difícil. Cada día era una lucha. “Recuerdo estar acostado en la cama… sintiéndome totalmente indefenso y agotado. Pensaba “Apaga todo. Llévame de aquí. Terminé de luchar. Dejame ir.”

Pero había una enferma que no me dejaba. Me levantó de la cama, me hizo caminar y me ayudó a retomar fuerzas. Sin ella no creo que estuviese aquí. Me quedé alrededor de cinco semanas en el hospital. Fui a hacer rehabilitación por otras cinco semanas y luego regresé a mi casa. Luchaba constantemente para ir mejorando.

“Recuerdo estar acostado en la cama… sintiéndome totalmente indefenso y agotado. Pensaba “Apaga todo. Llévame de aquí. Terminé de luchar. Dejame ir.”

Pero después de haber pasado un año, las cosas se hicieron más fáciles. No estaba participando en una maratón, pero si respiraba solo. No arrastraba más una botella de oxígeno y no tenía que cuidarme en las cosas que hacía. Tomé muchos remedios y sufrí muchos efectos secundarios, pero esto era algo menor en comparación del panorama general de las cosas. Estoy tan feliz de haberlo hecho. Estoy tan feliz de estar aquí. ¡Tengo nietos que de otra manera no hubiese conocido! Estoy disfrutando cada día. En la semana mi esposa y yo cuidamos un par de días a nuestros nietos y todas las mañana tomo café con un par de amigos con los que antes trabajamos juntos. Ahora puedo hacer casi todo lo que quiero hacer a pesar de tener que usar un antifaz en cuando hace frío y mi tono muscular nunca se recuperó del todo.

El muchacho que me dio sus pulmones era un chico de 26 años. Estaba tan joven cuando murió con toda su vida por delante. Pero sus órganos fueron dados a cinco personas distintas en los Estados Unidos. Estoy tan agradecido mientras que al mismo tiempo me siento culpable. Tenía 68 años cuando me dio sus pulmones. Debido a que el murió yo puedo vivir hoy. Con eso en mente, solo intento y aprovecho lo que tengo. Desde mi cirugía pude ayudar a otros pacientes de trasplantes en su proceso de recuperación. Quizás esta es la razón por la cual todavía estoy aquí. Si enfrentaste la muerte cara a cara quizás puedes identificarte con la montaña rusa de pánico, paz, culpa y desesperación que experimenté. No estás solo en eso. Si dejas tus datos abajo, alguien de nuestro equipo se va a conectar contigo para escuchar tu historia.