La distancia hizo que su corazón se enfriara

Recuerdo escuchar en consejería prematrimonial que habría tiempos cuando deberíamos abstenernos de tener sexo. Un embarazo tardío, una enfermedad o tal vez una lesión. Todo esto ocurrió en nuestros primeros años de matrimonio, lo resistimos bien y casi no lo pensé.

Entonces vino el cambio en el empleo. Mi esposo perdió su trabajo y no pudo encontrar otro en nuestro área. Después de seis meses, encontró una posición con un buen salario, a cuatro de horas de distancia. Yo me quedé en casa con nuestro pequeño hijo y espere a venderla. Demoró siete meses, mucho más de lo que los dos esperamos, y la economía había empeorado.

Durante ese tiempo, él venía ocasionalmente a la casa un fin de semana o yo viajaba con nuestro hijo de tres años donde él compartía un apartamento con su compañero de trabajo. Me di cuenta que él ya no usaba el anillo de matrimonio, me dijo que era peligroso usarlo debido al equipo en su trabajo y que le habían llamado la atención por usarlo unas pocas veces, así que se lo quito permanentemente.

Cuando me mudé con él, me presentó otro compañero de trabajo, el cual estaba comprando en la misma tienda. El compañero se volvió hacia mi esposo, le dio una palmada en la espalda y dijo: "hombre, yo supuse que estabas divorciado. Siempre estás hablando de tu hijo, pero nunca de tu esposa”.

Ingenua yo, me sacudí la inquietante frialdad que me golpeó. Instalandonos, encontrando una casa y un trabajo para mí tomó su tiempo. Mi trabajo se volvió exigente, así mismo nuestro hijo en crecimiento. Además, después de llegar a casa, todavía tenía mis deberes de "esposa": limpiar, cocinar y lavar la ropa. Si pudiera haber descrito mi vida en una palabra sería "agotadora". Siendo honesta, para el momento en que finalmente me acostaba, alrededor de la medianoche; estaba muy cansada para el romance.

De vez en cuando se hacía cargo de los carros y el césped, pero no podía ayudarme con los quehaceres de cada día, porque trabajaba hasta la noche y muy seguido los fines de semana. Además, a menudo me recordaba como necesitábamos más sus ingresos que los míos, ya que ganaba el doble que yo.

Así fue nuestra vida fue por diez años más. Hasta que tuvo que encontrar otro trabajo, esta vez a seis horas de distancia. Entonces el ciclo de separación empezó de nuevo, solo que me dijo que esta vez no teníamos el dinero para que él viajara a casa. Cuando me uní a él cuatro meses después, detecté algo diferente en su actitud, pero me dijo que solo estaba bajo estrés.

Cinco años después, el ciclo empezó de nuevo. Esta vez el trabajo era en otro estado, nuestro hijo había dejado la casa y yo estaba sola. Le pregunté si podía ir con él, pero se negó. Una vez más, necesitaba quedarme en casa y atar cabos sueltos. Cuando llegué, noté un cambio intenso en él.

Empezó a dormir en el cuarto de invitados cada vez más. Se volvió distante y cuando estaba en la casa, se encontraba en el estudio, en la computadora. A mitad de la noche, me despertaba y veía el brillo del monitor viniendo por debajo de la puerta cerrada. Las pocas veces que tuvimos intimidad, era mecánico y sin emociones de su parte. Luego todo se detuvo.

Me sacudiría si yo trataba de abrazarlo o tomar su mano. Finalmente ya no teníamos contacto físico alguno. Me dijo que tenía fibromialgia y que le dolía demasiado para que yo lo tocara. Cuando pregunté si yo podía ir con él al doctor, él encogido los hombros y dijo: "No lo voy a ver, él no pudo ayudarme".

Las pocas veces que tuvimos intimidad, era mecánico y sin emociones de su parte. Luego todo se detuvo.

Unos meses después, consiguió otro celular y me dijo que era para trabajo. Un día, cuando encontré imágenes pornográficas en nuestra computadora, me dijo que eran de nuestro hijo y que hablaría con él la próxima vez que nos visitara.

Durante la mayor parte de nuestra vida de casados, él gastaba su dinero. Yo pagaba todas las facturas, y noté grandes cantidades de dinero para el almuerzo en su tarjeta de débito. Me dijo que eran para compañeros de trabajo que no tenían dinero suficiente, pero que siempre le pagaban unos días después. Sin embargo, los reembolsos nunca fueron depositados. A estas alturas, yo sabía que él estaba muy metido en la pornografía. Yo oía la música suave y sexy de nuestro televisor en las primeras horas de la mañana. Me di cuenta que los lugares de almuerzo en su tarjeta de débito no eran restaurantes sino "clubes para caballeros". Descubrí los correos electrónicos eliminados de chicas de compañías y sitios de sexo.

Sin embargo, no lo confronte más, me cansé de las mentiras. Vivimos juntos otros seis años, sin embargo separados como compañeros de casa, en vez de esposo y esposa. Él tenía su lado de la casa, yo el mío. Vi como caía en un espiral más profundo de depresión y se negaba a buscar ayuda. Encontré consuelo en mi fe, amigos y mi trabajo; firme de que yo no caería con él en la oscuridad que ahora envolvía nuestro hogar.

Ya no escondía su adicción. De hecho, me lo restregaba en la cara y me menospreció más de lo que ya lo había hecho. Ya no era atractiva. No podía cocinar tan bien, entre otras cosas. Con solo mantener la casa limpia todo estaba bien. Cada vez que me apuñalaba el corazón, decidía que no lo dejaría ir tan profundo como la última vez. Después de un tiempo, se convirtieron en heridas superficiales.

Nuestra separación física continuó por otros seis años hasta que murió de un ataque al corazón en la ducha, alistándose para el trabajo. Mi matrimonio había terminado mucho antes de eso. De cierta manera su muerte fue una liberación. Ya no tuve que vivir una farsa. Y el abuso emocional finalmente se detuvo.

Varias veces durante los últimos años de su vida, mi familia me preguntó por qué no presenté la demanda de divorcio. Habían descubierto las cosas mucho antes que yo, pero no habían querido decir nada. De vez en cuando él mismo me gritaba que lo hiciera. Yo le decía que si sabía donde estaba el juzgado, por qué no solicitaba uno, él saldría pisoteándome y no me hablaría por varios días.

De cierta manera su muerte fue una liberación. Ya no tuve que vivir una farsa.

¿Por qué me quedé en un matrimonio sin sexo y sin amor? muchas razones, mi fe desaprobó el divorcio; aunque conocía personas en mi iglesia que se habían vuelto a casar por ceremonia civil y llevaban vidas felices. Fui criada con la convicción de que mi palabra era mi vínculo. Hice un voto para lo mejor o peor, en enfermedad y salud, en riqueza o pobreza. Pensé que tenía que vivir con las consecuencias de mis actos. Era mi culpa haber escogido al hombre equivocado. Hasta la mañana en que murió, espere y ore para que cambiara.

Sinceramente también tuve miedo, que no lo lograría económicamente por mi cuenta. Era dependiente de su ingreso. El hombre ganaba buen dinero, aunque con frecuencia gastaba la mayor parte. Siendo algo perfeccionista, la idea de que había fallado en ser una esposa, no era un hecho que quería encarar.

Dicen que un sapo no salta de una olla con agua hirviendo, si incrementas la temperatura poco a poco. Se ajusta. Supongo que a veces los humanos son de la misma forma. Si las circunstancias no hubieran derribado la olla. ¿Habría nadado en las corrientes de agua hasta que me matara? No lo creo. Hubiera sobrevivido porque había desarrollado una resistencia bien construida, como a traje de neopreno para trabajo pesado.

De una manera extraña, su distanciamiento hizo mucho más fácil enfrentar su muerte.

Aunque no es una travesía que quiera para alguien más, ahora puedo ver los beneficios que salieron de la experiencia. Sinceramente puedo decir que me hizo más fuerte como ser humano. Aprendí a defenderme, no dejar que las opiniones de los demás me afecten tanto y valorar mi autoestima. También crecí en mi fe y desarrollé relaciones fuertes y vinculantes con otras mujeres, lo cual mi esposo nunca me permitiría tener cuando éramos más como una pareja. Él siempre estuvo celoso de como yo pasaba mi tiempo y quería mi atención completa hasta que decidió alejarse. Después de eso, yo creo que él estaba contento que yo estuviera más fuera de casa, haciendo trabajo voluntario, yendo a ver películas, asistiendo a estudios bíblicos o reuniéndome con amigas para el almuerzo. Eso le permitía disfrutar libremente de su adicción.

Debido a que ya no contaba con él para apoyarme, me volví más independiente. De una manera extraña, su distanciamiento hizo mucho más fácil enfrentar su muerte. Él me preparó inadvertidamente para la viudez. Tu circunstancia puede ser similar, y aun así diferente. Tal vez estás esperando, como lo hice yo, que las cosas van a cambiar. Tal vez ya has renunciado a la esperanza que ellos lo van a hacer. Cada uno de nosotros tiene que tomar decisiones propias y sentirse bien acerca de ellas. Pero no tienes que enfrentar o salir de tus decisiones sola o solo. Tenemos mentores confidenciales y gratis, quienes te escucharan y apoyaran en tu viaje. Si completas el formulario, escucharas de alguno pronto.