Recuperando mi yo perdido

Cuando tenía ocho años, cambié mi perro de peluche por un bolígrafo y papel, y desde entonces soy escritor. Cuentos, poemas, obras de teatro y eventualmente: escribo cuando estoy inspirado. Esto es lo que realmente me distinguió en la escuela y en la iglesia. Nadie entendía por qué no me gustaban los autos, deportes y videojuegos. Como resultado, fui acosado constantemente en la escuela. Yo era un solitario.

En el sexto grado, nuestra maestra asignó registros de diario semanal para que le entreguemos. Al principio, como todos los demás, escribía sobre lo que hice el fin de semana o dónde esperaba que fueran nuestras vacaciones familiares en el verano. Pero con el tiempo, comencé a utilizar esto como una salida para abrirme y realmente confiar en mi maestra.

Había sido abusado sexualmente, y escribir fue una especie de alivio del dolor que guardaba dentro.

Pero no le dije nada sobre el abuso. Estaba muy avergonzado, también desconcertado. En el momento, pensé que era mi culpa y como todo lo demás, yo debí haberlo traído a mí mismo. Fui abusado entre los cuatro y seis años de edad, y me sentí como si necesitase que fuese un secreto.

Mientras crecía, me sentía avergonzado, traicionado. Dudé de mí mismo porque me preguntaba: si no alcé la voz desde un principio, ¿fue porque lo disfrutaba?

No creía en mí mismo. Me consideraba a mí mismo como alguien que nunca representaría nada en mi vida. No confiaba en nadie y solamente hablaba cuando me hablaban. Como los moretones que recibí de los abusivos de la escuela, de alguna manera debía merecer que se aprovechen de esa manera. Traté de enterrar la memoria del abuso, pero los efectos secundarios fueron obvios: falta de autoestima, falta de confianza. Me odiaba a mí mismo hasta el punto en que empecé a darme golpes, y de hecho creía que merecía todo el dolor que me estaba causando. Estaba adormecido por todo lo demás, excepto por mi dolor físico: al menos sentía algo.

La secundaria probó ser más difícil. Dudé de mí mismo y seguía pensando sobre cuando fui abusado sexualmente. ¿Por qué nunca dije nada? ¿Fue porque disfruté la experiencia? Mi abusador no tenía idea de cuán dañino sicológicamente eso fue para mí. Finalmente sentí un sentido de auto valoración cuando fui aceptado en el programa de teatro del colegio. Estudiar teatro me permitió soñar, ser desafiado, sentirme vivo. Sin embargo, fui muy bueno en guardar mi secreto y yo aún no me he abierto a alguien sobre lo que me pasó. He bloqueado la mayoría de ello.

A los 22 años, empecé a formar amistades reales con personas que verdaderamente me amaban por quien era. Pero la realidad de mi pasado seguía persiguiéndome. Si iba a estar completamente completo y libre, tenía que enfrentar el secreto que estaba escondido en lo profundo de mi corazón. Estos amigos me incluyeron en actividades que nunca había hecho porque fui rechazado en la secundaria. Me costó recibir verdadera amistad y amor. Mi pasado estaba obstaculizando mi futuro.

Había tanta vergüenza, y todavía no había logrado contárselo a nadie.

Durante este tiempo, empecé a tener recuerdos y sueños sobre el abuso, los cuales fueron tan dolorosos como la experiencia misma. Algunas veces, parecían como si fuesen otra violación: me despertaba pensando que alguien había estado en mi habitación y que había pasado de nuevo. Había tanta vergüenza y todavía no había logrado contárselo a nadie.

El miedo al rechazo me estaba atormentando de nuevo. Pero me arriesgué y le conté a un amigo cercano lo que había pasado de niño. Fue un gran avance. La mejor forma de terapia es tener amigos cercanos que te traten con dignidad y respeto, y que estén dispuestos a escuchar cuando necesites hablar. También aprendí a aceptar amor y a creer que era digno de recibir ese amor.

Muchas veces, como hombres, no destacamos lo importante que es profundizar y hablar sobre los problemas que enfrentamos. Como víctima masculina de abuso, pensé que reforzaría aún más la impresión de que yo era débil.

Pero hablar en voz alta, dar el paso de confiar en alguien, era justo lo que necesitaba para dejar de lado el dolor. Tratar mi propio dolor también me ha permitido estar disponible para que otros confíen, sin temor a ser juzgados o rechazados. Hablando de ello, aceptando la genuina aceptación y el amor de los demás, negándonos a aceptar cualquier responsabilidad por lo que sucedió: estos fueron los pasos necesarios que me llevaron por el camino de la curación.

Si eres sobreviviente de abuso sexual, las heridas son profundas, las cicatrices son severas, las emociones son complejas. Pero no estás solo. Si dejas tu información debajo, alguien de nuestro equipo te contactará.